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  1. !!!

    lunes, 30 de marzo de 2009

    El tiempo tiene prisa. Ya no camina, corre. Y uno se va con él.

    A veces sin sentirlo, sin saberlo, sin querer saberlo.

    Pero en ocasiones, cuando uno siente un peso, un afán,

    cuando las cosas van mal y se necesita tiempo, éste no perdona.

    Nos recuerda su poder y su existencia.

    El tiempo tiene prisa.

    ¡Y uno sin saber por qué!


  2. Dulce

    sábado, 3 de enero de 2009

    Un cuento de Leonardo Muñoz, un buen amigo costeño...


    Pronto te levantarás y dejarás el puesto de mi lado vacío. Presionarás el timbre de este bus. Y yo quedaré en silencio. Fingiré que no me daré cuenta de tu partida. Me acomodaré la falda. Miraré a través de la ventana, cómo a lo lejos la tarde se está yendo.

    Me acaricio las manos. Me gusta pasar la yema de mi dedo índice en esta sortija. Mientras la froto, pienso que te he llamado la atención. Y me miras. He dejado mis pálidas manos sobre esta falda violeta.

    Miro a través de la ventana. Paso mi mano sobre mi cabello, me quito la hebilla, lo peino con mis dedos, otra vez me pongo la hebilla. Te miro y eres de piel clara, cabello negro, corto. Tu ceja derecha tiene un débil camino que la separa. Y esos labios tuyos. Gruesos. Como henchidos de algo. Miro tus labios. Mi desconocido, será bonito recordarte por tu boca, cuando ya no estés. Imagino que tu mano toca mi mentón y la punta de tu dedo recorre el borde de mi boca. Imagino que tu boca está cerca. Más cerca. Puedo sentir tu respiración. Cálida. Y esos labios tuyos, se entreabren para encontrarse con los míos. Tus labios tienen un sabor como de durazno tierno. Un durazno que se deshace con un mordisco. Lento. Sigues besándome, mi desconocido.

    El tiempo es lento. Cierro mis ojos. Abro mis ojos. Todavía estás sentado a mi lado. De repente te levantas del puesto. Extiendes tu brazo para presionar el timbre. El bus se detiene. La puerta se abre. Veo que la cruzas. Imagino que disimulas no mirarme. Que mientes como yo. Las puertas se cierran. Y yo me quedo con un sabor extraño sin nombre en mi boca. Me paso mi lengua y ese sabor me ha hecho sonrojar.


  3. Los soldados del gobierno. Parte 1.

    lunes, 10 de noviembre de 2008

    En noviembre del 2002 realicé un viaje con mi familia paterna a Porce, Antioquia. Y salvo que conocí y me enamoré de Nanachavita, fue un viaje complicado y aburridor. Los recuerdos familiares no interesan con respecto a lo que quiero contar, pero los otros recuerdos si ¡y mucho! Hasta ese viaje no había visto a un “actor” del conflicto armado de mi país en vivo, siempre por las pantallas de televisión, en los noticieros nacionales e internacionales. Les tengo miedo, por supuesto. Le tengo miedo a cualquier ser humano con un arma en la mano. Confío en ellos muy poco, tanto como confío en los caballos, que no es del todo seguro que van a frenar cuando uno quiere, sino cuando ellos deseen.


    El viaje entre Porce y Medellín dura alrededor de tres o cuatro horas. Nuestro viaje duró once horas. Viajamos en el peor bus que había en la ciudad. ¡Que la llanta, que la gasolina, que otra llanta, que estamos muy lejos de un lugar que nos pueda ayudar, que esperen por favor a que vayamos por un repuesto y volvamos! Todo eso nos tocó pasar, normal en cualquier paseo familiar de los Cruz; pero lo que no es normal es que nos toque un reten paramilitar. No he experimentado vacío más grande que el que sentí al voltear a ver hacia la ventanilla y mirar muchos hombres bajarse de una cuatro por cuatro con brazaletes en sus brazos con las iniciales: AUC.


    Antes de salir, en Medellín, bromeaba con unos primos sobre qué hacer en ese caso, improbable, y recuerdo que ensayaba las poses de un joven con algún trauma. Volteaba las manos, la boca, la cabeza, hacia como si estuviese realmente enfermo y tuviera alguna parálisis cerebral. La actuación era perfecta. Pero al momento de ver esa camioneta repleta de los otros soldados del gobierno, ni se me pasó por la cabeza siquiera simular alguna enfermedad. Quedamos todos estupefactos. Supongo que hicieron lo “usual”, supongo: algunas preguntas de “rutina” al conductor; dos o tres tíos valientes que se bajan a conversar no se qué, para lograr no se qué; requisa a todos; algunos nombres; miradas con el ceño fruncido para intimidar, que se me antojaban tan ensayadas como mi parálisis. Hasta ahí todo tenebroso, pero no tan escalofriante como mirar con detalle hacia afuera y ver al borde derecho de la carretera dos cuerpos de campesinos hinchados por los golpes y con su respectivo tiro de gracia. Tirados ahí, como a su suerte, “que no es mucha” como diría Benedetti.


    Antes, dos días antes, cuando llegamos al pueblo, lo primero que nos recibió fue un reten militar, del militar oficial, el cual no varió mucho en la “rutina” del de las AUC, salvo por los muertos. El reten oficial era un reten permanente, lo grave es que el reten de los paramilitares fue a cinco minutos en bus, del oficial, en la Y El Mango. Alguien de El Salto, un pueblito que queda después de la represa de Porce II, subiendo el teleférico, me dijo que eso era normal. Que incluso tomaban juntos en las cantinas los soldados oficiales y los no oficiales. Que los soldados del Estado les dejaban todo el trabajo sucio a los soldados del gobierno.


    Era noviembre del 2002, con Álvaro Uribe a la cabeza, con el General Mario Montoya al frente de la IV Brigada, quien es la que tiene jurisdicción en esa zona.